(III) Las Juntas de Defensa del arma de Infantería (1917-1922)



1.2. La situación del Ejército

El Ejército español del período que nos ocupa poseía una serie de lacras que condicionaron su actuación, es lo que Mola vino a denominar "los vicios" del Ejército. Algunas de las mencionadas lacras fueron consecuencia de la derrota de 1898, que marcaron a toda una generación de oficiales y se man­tuvieron vivas hasta el año de inicio del presente estudio, y otras, que se fueron produciendo durante los primeros años del siglo XX, marcaron definitivamente a los oficiales del Ejército.

La situación que padeció el Ejército español en Cuba fue del todo catastrófica, como así han señalado numerosos testigos y estudiosos. De hecho, de las 55.000 bajas sufridas durante toda la guerra solamente 2.159[1] fueron en combate. Así, la guerra de Cuba ha pasado a los anales de la Historia Militar como uno de los mayores, si no el mayor, desastre sufrido por el Ejército español, no tanto por la propia derrota, sino por la forma en que se produjo.

"En Cuba se puso de manifiesto nuestra incapacidad militar, llegando a extremos vergonzosos en todos los órdenes y muy especialmente en el relativo a servicios de mantenimiento: el de Sanidad, por ejemplo, era tan deficiente que el terrible vomito diezmaba los batallones expedicionarios; el de Intendencia no existía, lo que obligaba a las tropas a vivir sobre el país. Para colmo se suspendió el pago de haberes; cómoda medida que adoptaron los usufructuarios del Poder para nivelar la Hacienda"[2]

Tan terrible derrota trajo consigo tres consecuencias de especial interés para el tema que nos ocupa. La primera de ellas fue el total enfrentamiento entre militares y políticos por la petición de responsabilidades en la derrota, herida abierta en ese momento y que las Juntas recordarían en sus manifiestos. El Ejército reaccionó a las críticas, que le señalaban como único culpable de la derrota, creando un frente común, un espíritu corporativo, que a su vez, pidió responsabilidades a los políticos que descui­daron durante tanto tiempo a la institución militar. El re­sultado de estas acusaciones cruzadas fue que no se creó ninguna comisión de investigación de respon­sabilidades por la pérdida de las colonias, ya que la mayo­ría de los líderes políticos sabían que el fracaso iba mucho más allá de la responsabilidad de los militares. Así pues, sólo se abrió una investigación por parte del Ejército que dictaminó en agosto de 1899 que un almirante y dos generales fuesen retirados del servicio activo. Eso fue todo.

La segunda de ellas fue el exceso de oficiales, problema que de hecho subsistía desde el final de la última Guerra Carlista, y que se vio agravado por la reducción de los efectivos del Ejército tras la derrota. Esto supuso que los ascensos fuesen escasos y las posibilidades de promoción pocas, por eso los militares juntistas protestaron por los ascensos indiscriminados que se produjeron en la campaña de Marruecos.

La tercera de las grandes consecuencias del desastre de Cuba fue el recorte del presupuesto militar. La mayor obsesión de los sucesivos gabinetes fue el recorte del presu­puesto del Ministerio de la Guerra, que pasó de representar cerca del 50% de los gastos del presupuesto nacional , duran­te los primeros años de la Restauración, al 25-30% hasta 1909. Este recorte de los presu­puestos incidió, básicamente, en los ca­pítulos de equipo e instrucción, precisamente en los que el Ejército se encontraba en peor situación, provocando que muchos oficiales no contasen con ningún cargo:      

     "Apenas había dinero para la instrucción y maniobras. En algunas guarniciones la mitad de los oficiales no tenían cargo alguno, y muchos otros carecían de ocupaciones precisas. Consiguientemente muchos oficiales preferían que se les dejara sin puesto fijo para poder dedicar todo su tiempo a otro empleo distinto"[3]

Además, no se afrontó ningún tipo de mejora o modernización del Ejército, sino, que de hecho, toda petición o atisbo de reforma en el Ejército producía innumerables quebraderos de cabeza al Gobierno. Lo único que se hizo fue ir tapando huecos, con unos resultados absolutamente desastrosos. Así el Ejército español continuó con una endémica falta de material e instrucción, tema abundantemente denunciado en la literatura militar.

Por otra parte el transcurso del tiempo trajo consigo otra serie de "males", tales como la Redención en Metálico, el fraccionamiento del cuerpo de oficiales y el intervencionismo de la corona.
La existencia de la redención en metálico impidió la formación de un verdadero Ejército Nacional como en otras naciones, al poder determinados individuos eludir el servicio militar, creando una discriminación y un sentimiento de que los únicos que se in­corporan a filas eran "los de siempre".

Pese a que el Artículo tercero de la Constitución de 1876 indicaba que : "Todo español está obligado a defender la Patria con las armas, cuando sea llamado por la ley", en España existía en realidad una completa desigualdad social a la hora de ser llamado a filas. En la Ley de Reclutamiento y Reemplazo de 1885, se estableció una redención en metálico de 1.500 pts. que permitía, una vez satis­fecha esta suma , evitar el acudir a filas. Esto supuso, en la práctica, que tan sólo aquellos a quienes su condición social se lo permitía pudiesen evitar cumplir el servicio militar. En 1912 se publicó una nueva Ley del Servicio Militar, en la que se eliminaba la redención en metáli­co. Sin embargo, esto no trajo consigo el final de las diferencias existentes, puesto que junto a aquellos que debían cumplir el servicio militar se crearon dos tipos de "soldados de cuota": el prime­ro de ellos pagaba 1.000 pts. para cumplir diez meses de servicio en filas, mientras el segundo cumplía únicamente cinco meses previo pago de 2.000 pesetas. Con lo que nada cambió.

Por otro lado, el cuerpo de oficiales se encontró sin rum­bo y fraccionado. Ser militar significaba aceptar un código de costumbres y actitudes morales, pero dejó de ser una ver­dadera profesión, ya que la escasez de medios hizo que muchos de los oficiales no tuvieran destino fijo, y aquellos que lo tenían, no encontraron ni tropas que mandar (en numerosas ocasiones de los 120 hombres de una compañía no se podía contar ni con un tercio a la hora de hacer la instrucción), ni medios que utilizar. Además con el Gabinete de Raimundo Fernández Villaverde se detuvo la adquisición de cualquier tipo de equipamiento militar, situación que duró hasta la llegada del Gobierno Maura en 1908.

Por otra parte se produjo una clara disociación entre la oficialidad, creándose dos grupos bien diferenciados : en primer lugar se encontraban los oficiales burócratas, con todas las connotaciones negativas del calificativo "burócrata", y en segundo lugar estaban los oficiales de filas que cumplían, de mejor o peor forma con las obligaciones que se suponen a estos, pero que se encontraban absolutamente superados por la escasez de material, la deficiente instrucción de la tropa, la falta de recursos y el desprecio e incomprensión de gran parte de la sociedad española. De aquí surgió un enfrentamiento entre ambos grupos al acusar los primeros a los segundos de incapaces y directos responsables de las derrotas sufridas en campaña, y los segundos a los primeros de auténticos "vegetales fósiles" cuyo mayor interés era su "sueldecito", que les dieran los menos problemas posibles y a quienes acusaban de tener una aversión pasmosa de estar a menos de 1.000 kilómetros del frente de combate.

Por si toda esta situación pareciese poco, intervino la corona, así con una Real Orden publicada el 15 de enero de 1914 se autorizaba a generales jefes y oficiales a establecer comunicación directa con el Rey sin tener que informar a sus superiores, con lo que se subvertía la escala de mandos. Aunque la orden en realidad autorizaba la contestación a cartas y telegramas de felicitación o agradecimiento enviados por el monarca, lo cierto es que se fue haciendo común la comunicación directa sobre cualquier tema entre el Rey y "sus" militares, saltándose por completo la escala de mando y como se dice en la Real Orden " [...] sin intervención de persona alguna". Con lo que acabó por crearse una "camarilla real" de militares favorecidos por sus relaciones con el monarca.

Esta era la lamentable situación en la que se encontraba el Ejército español en el momento de arranque del presente estudio, situación de inicio y verdadera culpable de todos los acontecimientos que se produjeron y principal elemento explicativo de las reivindicaciones que planteó el movimiento juntista.




[1] CARDONA G. (1983) El poder militar en la España contemporánea hasta la Guerra Civil. Madrid,. Pág.9.
[2] MOLA VIDAL, E. (1940) : Obras completas. Valladolid,.Pág. 933-934.
[3] PAYNE, S. (1977)  Ejército y sociedad en la España liberal . 1808 - 1936 . Madrid. Pág. 134.

El Asedio de Castelnuovo (1539) “y que viniesen cuando quisiesen”



En el siglo XVI dos grandes potencias se disputaban la hegemonía en el Mediterráneo. Por un lado el Imperio Otomano, cuyo sultán Solimán el Magnífico sometía a asedio a la mismísima Viena en 1529, por otro Carlos V de Augsburgo que respondía al desafío turco conquistando la ciudad de Túnez en 1535.

La guerra proseguía y ante la amenaza otomana, personificada en el corsario Barbarroja, el papa Pablo III formó una Liga Santa, en 1538, integrada por los Estados Pontificios, las repúblicas de Génova y Venecia, los caballeros de la orden de Malta y el Emperador Carlos.

Las tropas de la coalición tomaron la ciudad de Castelnuovo, actual Herceg Novi en la costa de la república de Montenegro. Esta sería la base de operaciones para una ofensiva sobre las posesiones balcánicas de los turcos. Como guarnición fue destacado el Tercio del Maestre de Campo don Francisco Sarmiento de Mendoza y Manuel, al cual se deberían ir añadiendo nuevas tropas. Sin embargo, la flota aliada fue derrotada de forma decisiva en el combate de Prevenza, lo que concedió el dominio del mar a los otomanos. Además, los venecianos abandonaban la liga y firmaban una paz por separado con los turcos. Castelnuovo quedaba aislada.

El Maestre de Campo envió a sus únicas tres naves a pedir ayuda en España, Nápoles y Sicilia. Nada se consiguió. Además, una flota de galeras cristianas, ante la inferioridad de número sugirieron a la guarnición de Castelnuovo la capitulación.



Abandonados a su suerte, sin apenas provisiones y alimentos frescos los 3.500 hombres de Sarmiento se dispusieron a vender lo más caro que pudiesen sus vidas, frente a un ejército turco que iba tomando posiciones para poner bajo asedio a la ciudad. Al mando del mismísimo Barbarroja se presentaron ante ellos 50.000 soldados, incluidos 4.000 de los temibles Jenízaros, las tropas de élite del Sultán, así como 200 galeras y naves de todo tipo. La suerte estaba echada pero si los turcos querían recuperar la ciudad tendrían que pagar un precio muy alto.

El primer combate se produjo el 12 de julio de 1539 cuando los otomanos desembarcaron una avanzadilla. Al tener noticia de ello el Maestre ordenó al capitán Machín de Munguía que tomase tres compañías y la caballería para rechazar el ataque. Y así sucedió, reembarcando los turcos con severas bajas. Este capitán era el mismo que durante la batalla naval de Prevenza resistió los ataques de varias galeras enemigas defendiendo una nave veneciana solamente con su compañía de 300 vizcaínos. Siendo dado por muerto o capturado, su nave, seriamente dañada y sin mástiles, conseguiría llegar a puerto cuatro días después de la batalla.



Por la tarde de ese día se volvía a producir otro desembarco. Era ahora Francisco de Sarmiento en persona el que les esperaba con sus españoles. Los otomanos dejaron cientos de muertos y prisioneros, teniendo que volver a sus naves. No volverían a aventurarse a saltar a tierra hasta la llegada de Barbarroja y el grueso de la flota el día 18. Además, por tierra se unía a los musulmanes otro ejército al mando de Turgut Reis, corsario conocido por su enorme ferocidad.

Una vez reunidos ambos ejércitos se procedió al desembarco de las tropas y artillería para comenzar el asedio de la ciudad. Mientras tanto los españoles se dedicaron a la fortificación de la misma. Ya que no se quiso despertar el recelo enemigo no se habían acometido obras de defensa de envergadura previamente, así que se hizo cuanto se pudo durante los cinco días que emplearon los zapadores turcos en cavar trincheras y allanar la zona para situar los cañones de asedio.

Lejos de quedarse refugiados dentro de las murallas los castellanos realizaron varias salidas para dificultar las obras de los sitiadores. En una de ellas perdía la vida uno de los capitanes favoritos de Barbarroja. Así que los jenízaros decidieron desquitarse atacando la población, pero una salida de los españoles les costó varios centenares de muertos y tener que retirarse en franca desbandada. Al tener noticia de ello el almirante otomano ordenó el inmediato cese de ataques similares.



Conocedor de lo costoso que podría resultarle un asedio y asalto de la ciudad el señor de Argel ofreció una rendición más que honrosa a los españoles, los cuales ya le habían ocasionado cerca de 1.000 bajas. Podrían salir con sus banderas y armas, teniendo solamente que dejar pólvora y artillería, además recibiría cada español 20 ducados del propio almirante. Así se lo trasmitieron a don Francisco Sarmiento de Mendoza.

Sabedor de que tal oferta no solamente le correspondía aceptarla o rechazarla a él “El Maestre de Campo consultó con todos sus Capitanes, y los Capitanes con sus Oficiales, y resolvieron que querían morir en servicio de Dios y de Su Majestad, y que viniesen cuando quisiesen...

Las condiciones eran más que generosas, no obstante, entre las compañías del tercio de Castelnuovo se encontraban seis compañías del antiguo tercio de Lombardía, había sido este disuelto poco antes por amotinarse al no llegar las pagas, algo muy común en la época. Es muy probable que estos mismos hombres quisiesen recuperar su honor luchando contra un enemigo que les superaba en más de 10 a uno, a pesar de que estaban completamente aislados y sin ninguna posibilidad de recibir ayuda.



El asalto comenzó el 24 de julio, por tierra atacaba la infantería, mientras la artillería otomana barría las defensas españolas desde mar y tierra. Los castellanos resistieron con fiereza infligiendo enormes bajas a los asaltantes, los cuales primero recibían las descargas cerradas de los arcabuceros y luego tenían que soportar tajos y cuchilladas que les lanzaban los defensores. Rechazado el primer intento de asalto los hombres de Sarmiento emplearon la noche en reparar las brechas de las murallas y mejorar las defensas.

Al día siguiente, festividad de Santiago apóstol, el obispo de la ciudad se unió a los defensores, animándoles a combatir, confesando y dando la extremaunción a los heridos más graves. Los asaltantes perdieron varios miles de hombres esa jornada por solamente 50 de los defensores, aunque la gravedad de las heridas sufridas hizo que muchos de ellos fallecieran en los días posteriores.



Lejos de conformarse con mantener sus posiciones los españoles realizaron una encamisada, un golpe de mano donde los atacantes llevaban solamente daga, espada y la camisa blanca, despojados de cuanto armamento o defensa pudiese molestar en el combate o alertar por el ruido al enemigo. Sorprendidos los turcos en su propio campamento por el asalto de los defensores de Castelnuovo se produjo una desbandada en toda regla. El ataque rebasó las defensas otomanas en varios puntos y los soldados musulmanes, incluidos los jenízaros, corrieron lo más rápido que pudieron huyendo de las espadas y vizcaínas españolas. Cruzando el campamento como alma que lleva el diablo no dudaron en tirar y rasgar cuanta tienda se interpusiese en su huida, incluida la del mismísimo Barbarroja. La guardia personal de éste, temiendo por su vida, y pese a las protestas del almirante le llevaron en volandas hasta su nave, retirando incluso del campamento el estandarte del sultán.

Recuperados de tan humillante derrota los otomanos concentraron el fuego de la artillería de asedio contra una de las fortalezas de la ciudad alta, esperando que fuese el punto clave que permitiese su captura. Mientras, el resto de la artillería batía la débil muralla medieval que protegía la ciudad. Reducida la fortaleza a un puñado de escombros el 4 de agosto los turcos realizaron un asalto general. El Maestre de Campo había reforzado la guarnición del castillo y ordenado el traslado de los heridos a retaguardia. El ataque comenzó de madrugada y duraría todo el día, con los españoles batiéndose en asombrosa inferioridad numérica. Al caer la noche los supervivientes, llevando a sus heridos, se replegaron al abrigo de las murallas de la ciudad, al mando de Machín de Munguía habían causado una nueva carnicería entre los asaltantes.



La cólera de Barbarroja se iba acrecentando, sin embargo, la captura de tres desertores le facilitó información de vital importancia. Los españoles se encontraban exhaustos, luchando por el día y reparando las defensas de noche, el número de heridos era muy alto, habiendo apenas un puñado de hombres ilesos, estando muy escasos de pólvora y munición.

Creyó el almirante que una última acometida sería suficiente. Así, el 5 de agosto ordenó a todas sus tropas, incluidos jenízaros y jinetes desmontados, lanzarse a un nuevo asalto. Otra vez se trabó un furioso combate donde los españoles se defendieron demostrando la veteranía que atesoraban los soldados de los tercios viejos, curtidos en mil campañas y combates. Todo lo que consiguieron los turcos fue tomar una torre de la muralla donde hicieron ondear su bandera, todo orgullosos, como si hubiesen tomado la mismísima Viena. Y no era para menos pues las bajas ya superaban las 10.000.

El día 6 la cosa empeoró para los defensores, ya que un fuerte aguacero empapó pólvora y mechas, haciendo inservibles arcabuces y cañones. A base de espada, picas, dagas, vizcaínas y hasta a pedradas se defendieron los españoles, incluso los heridos graves, pues más valía el morir en combate y con la cabeza bien alta que esperar en la enfermería el ser asesinado. Al terminar la jornada las banderas con la cruz de Borgoña seguían ondeando desafiantes en Castelnuovo, resistiendo a un ejército que pese a su enorme superioridad era incapaz de doblegar a un puñado de soldados heridos y agotados que se negaban a capitular.

Al amanecer del 7 de agosto aún resistían 600 españoles y al frente de ellos su Maestre de Campo, don Francisco Sarmiento, con graves heridas no cejaba de animar a sus hombres. Ante la nueva acometida enemiga, en una ciudad sin murallas e incapaz de mantener un perímetro tan amplio ordenó el repliegue sobre un castillo que se encontraba en la parte baja de la ciudad, donde estaba refugiada la población civil. Esta maniobra se hizo en perfecto orden y disciplina “escuadrón por escuadrón” apoyándose unos a otros y sin perderle la cara al enemigo, como veteranos que eran.

Al llegar a la plaza que se abría frente al castillo pidió a los defensores que abriesen las puertas a sus hombres. Estos se excusaron diciendo que estas estaban tapiadas, si bien ofrecieron lanzar una cuerda e izarlo a él al abrigo de las murallas, su respuesta: “Nunca Dios quiera que yo me salve y los compañeros se pierdan sin mi” Picó espuelas y se lanzó contra los turcos. Al finalizar la jornada la ciudad estaba en manos de Barbarroja y del tercio Sarmiento los supervivientes apenas superaban los 200, casi todos ellos heridos, allí mismo fueron asesinados los más graves.



Entre los prisioneros se encontraba Machín de Munguía. Barbarroja le ofreció perdonarle la vida e incluso ser uno de sus capitanes si abrazaba la fe musulmana. La negativa del capitán vizcaíno hizo que el corsario le degollase, junto a varios de sus compañeros, sobre el espolón de su nave capitana. Los 195 supervivientes, fueron cargados de cadenas y enviados como esclavos a Constantinopla. Pobre justificación de como un tercio de españoles había causado casi 20.000 muertos a las tropas del Sultán, incluidos casi la totalidad de los 4.000 jenízaros, una proporción de 5 atacantes muertos por cada defensor.

La gesta de Castelnuovo y el tercio Sarmiento fue cantada por poetas y juglares en toda Europa siendo equiparada con batallas tan míticas como la librada por los 300 de Leónidas en las Termopilas. Aunque con el paso del tiempo sus ecos se hayan apagado hasta casi el olvido.

Héroes gloriosos, pues el cielo
os dio más parte que os negó la tierra,
bien es que por trofeo de tanta guerra
se muestren vuestros huesos por el suelo.
Si justo es desear, si honesto celo
en valeroso corazón se encierra,
ya me parece ver, o que sea tierra
por vos la Hesperia nuestra, o se alce a vuelo.
No por vengaros, no, que no dejastes
A los vivos gozar de tanta gloria,
Que envuelta en vuestra sangre la llevastes;
Sino para probar que la memoria
De la dichosa muerte que alcanzastes,
Se debe envidiar más que la victoria




Seis años después, el 22 de junio de 1545, llegaba al puerto de Messina una galeota turca. A bordo de ella se encontraba un puñado de esclavos cristianos que habían podido escapar de su cautiverio. La sorpresa mayor fue que 25 de ellos eran supervivientes de Castelnuovo. Fueron éstos los que pudieron contar como fue el asedio de dicha plaza y como los soldados del tercio Sarmiento buscaron “tan solo defender Europa y el honor de España

(II) Las Juntas de Defensa del Arma de Infantería (1917-1922):



1º) LA SITUACIÓN DEL EJÉRCITO ESPAÑOL

1.1.- El Ejército y el sistema canovista

La Restauración Monárquica de 1874 se produjo vía pronunciamiento. Este hecho es de gran importancia, ya que un régimen que se pre­sentó como civilista se inició con una acción que situó a los miembros del Ejército en una posición de especial preponderancia. Desde el principio Cánovas intentó limitar esa preeminencia del estamento militar en la vida política española[1].
El sistema ideado por Cánovas pretendió reafirmar los vínculos existentes entre la institución militar y la Corona, con el objeto de afianzar a ésta, mediante dos vías. La primera de ellas fue la vía constitucional, otorgando al Rey "el mando supremo del ejército y arma­da y dispone de las fuerzas de mar y tierra"[2], y señalando que "las Cortes fijarán todos los años, a propuesta del Rey, la fuerza militar permanente de mar y tierra"[3]. La segunda vía fue presentar a Alfonso XII como un rey­-soldado, al estilo prusiano, compartiendo la suerte de sus tropas en campaña durante la Guerra Carlista y, poste­riormente, presidiendo actos militares tales como maniobras o revis­tas de tropas en acuartelamientos. De esta forma se pretendió que los militares viesen al monarca como su "Jefe Natural". Se intentó conseguir así que el Ejército no tuviese grandes ambiciones polí­ticas, ya que al ser el Rey su "Jefe", expresaría sus opiniones frente al Poder Civil consi­guiendo que se adaptasen mejor al nuevo siste­ma.   
No obstante, el sistema canovista no eliminó totalmente la influencia de los militares en la política nacional, no fue esta su intención, ya que se permitió a los generales de mayor importancia participar en la vida política, ya fuera a través de su nombramiento como senadores, ya mediante su nombramiento como presi­dentes del Gabi­nete. Además, los cargos de Ministro de la Guerra y de Marina recaían de ordinario en algún general veterano que contase con cierta ascendencia dentro del Ejército.
Así pues, en el mar que suponía la política española, los militares acabaron por adaptarse e integrarse en el barco que representaba el sistema de la Restauración, en el cual navegaron sin crear demasiados problemas, dejando la dirección en manos de los políticos civi­les y ejecutando las órdenes que de estos recibían. Fue la enorme marejada que supuso el desastre del 98 lo que les hizo interesarse en volver a adquirir el control de la nave, así, a partir de la Guerra de Cuba, los militares españoles comenzaron a protagonizar una serie de motines de mayor o menor importancia cuyo fin principal fue el de hacerse con el timón de la nave, cosa que finalmente consiguieron.
Los errores cometidos por el sistema en el "tema" militar acabaron, junto a otros factores, por destruirlo. Uno de ellos fue el encomendar al Ejército la defensa de los "enemigos interiores" y la defensa de "integridad de la Patria y el imperio de la Constitución y de las leyes", con lo que se instituyó al Ejército como el principal pilar en la defensa del Estado en los capítulos de Orden Público e Inte­rior. Esto supuso a la larga una absoluta dependencia estatal del Ejército a la hora de garantizar la salvaguarda del sistema frente a movimientos reivindicativos o revolucionarios, y por tanto hipotecó gravemente las relaciones Poder civil - Poder militar, ya que el primero se sostuvo en numerosas ocasiones en el segundo y éste aprovecho la circunstancia para plantear reivindicaciones y obtener privilegios. Esta situación subsistió durante todo el período de la Restauración. De hecho, puede comprobarse como gran parte de los problemas de los Gabinetes Ministeriales durante el reinado de Alfonso XIII se inscriben en la pugna Poder civil - Poder militar, en la cual, son los civiles, paradójicamente, quienes la mayoría de las veces tienen que ceder ante las presiones que les llegan desde la institución militar.
El segundo problema surgió con la llegada de Alfonso XIII al trono, ya que el Rey se consideró ante todo el Jefe de las Fuerzas Armadas, lo que le llevó a apoyar a "sus" militares frente al Parlamen­to. Así, Don Alfon­so asumió como propia la opinión de los militares, que culpaban a los políticos de la mala situación del país: "[...] los oficiales hacían responsables a los políticos civiles de haber conducido a España a una situación de tal pequeñez , anarquía y desprestigio en el concierto de los pueblos [...]"[4]. Y quienes se sentían depositarios de los más profundos valores de la Patria. 
" El militar había llegado a creerse solo poseedor de la verdad entre miles de compatriotas errados; solo justo, solo honrado, solo patriota; y esta exaltación de un particularismo egoísta le llevó lógicamente a tratar de imponer sus opiniones a los demás, por todos los medios, despóticamente, dictatorialmente,          declarando la guerra al Estado."[5]


[1] Ver SECO SERRANO, C. (1984) Militarismo y civilismo en la España contemporánea. Madrid: Instituto de Estudios económicos. Pág. 198.
[2] Constitución española de 1876. Artículo 52º. 
[3] Ibídem. Artículo 88º.
[4] Carta privada de Alfonso XIII a D. Anto­nio Maura. AAM : Legajo 397,Carpeta 5.
[5] KINDELAN: "Ejército y política". Capitulo-IX. ABC. 19-12-1959.

Los Fusileros Africanos del Rey. King´s African Rifles (KAR):

Oficiales británicos del KAR 

King´s African Rifles (KAR):

Esta era la fuerza que garantizaba la protección de las colonias británicas del Este, las cuales incluían los territorios de África del Este británica, Nyasaland y Uganda. Fue creada en 1902, estando integrada por seis batallones. Al comienzo de la Primera Guerra Mundial los KAR contaban con 21 compañías reducidas encuadradas en tres batallones, teniendo cada uno de ellos un máximo de ocho compañías. El 1er. batallón Nyasaland, actual Malawi, estaba dividido entre la capital y la zona noroeste del protectorado, El 3er. Batallón se encontraba en África del Este, teniendo destacada una compañía en Zanzíbar y el 4º en Uganda, los dos últimos batallones incluían un cuarto pelotón del Sudán dirigidos por oficiales sudaneses, además varias compañías estaban dispersas por toda África Oriental británica.

Los efectivos de los KAR en 1914 eran de 70 oficiales, tres suboficiales británicos y 2.325 africanos. No había armas pesadas, artillería o reservas. Cada compañía tenía sólo una ametralladora y la realidad es que las compañías no eran más que grandes pelotones de 70 a 80 hombres. En 1915 aumentó sus efectivos a tres batallones de cuatro compañías cada uno, con una plantilla completa de 1.045 hombres por batallón.



En 1916 se organizaron dos nuevos batallones el 2º Nyasaland y el 5º de Kenia, tras vencer las reticencias de los colonos y sudafricanos, poco dispuestos a tener tantas tropas nativas armadas. Ese mismo año el batallón 2º, 3º y 4º fueron desdoblados tras una nueva recluta. Cuando en 1917 el general Hoskins, antiguo comandante de la unidad, fue nombrado jefe de operaciones en el África Oriental se aumentó de forma considerable los efectivos del KAR. El 1er. Batallón fue desdoblado y se creó un 6º batallón de Tanganika, con antiguos askaris del África Oriental alemana, que también fue desdoblado. El 7º batallón fue reclutado entre la policía de Zanzíbar.

A final del año 1915 realmente los cuatro primeros batallones eran equivalentes a regimientos, al contar cada uno de ellos de tres batallones en armas y un cuarto de depósito e instrucción. También se reclutó una unidad de infantería montada, en camellos, y una compañía de señales.



 A finales de 1918 los KAR contaban con 20 batallones distribuidos de la siguiente manera:


  • Western Force: 1er Regimiento: 1er., 2º y 3er. Batallones. 4º Regimiento: 1º y 2º Batallones.
  • Eastern Force: 2º Regimiento: 1er., 2º y 3er. Batallones. 4º Regimiento: 3er. y 4º Batallones.
  • África Oriental Alemana: 3º batallón del 3er. Regimiento, 5º batallón del 4º Regimiento, 2º batallón del 6º Regimiento, 1er. batallón del 7º Regimiento.
  • África Oriental Británica: 1er. batallón del 5º Regimiento, 1er batallón del 6º Regimiento.
  • KAR "Fuerza de Entrenamiento" : 4º batallón 1er. Regimiento, 4º batallón 2º Regimiento, 4º batallón 3er. Regimiento, 6º batallón 4º Regimiento.


 En total contaban con 1.193 oficiales, 1.497 suboficiales británicos y 30.658 africanos.

El cuerpo sufrió 5.117 bajas por combates, además de 3.039 muertes por enfermedad.


Para saber más: 


(I) Las Juntas de Defensa del Arma de Infantería (1917-1922): Introducción

Las Juntas de Defensa del Arma de Infantería (1917-1922): Un ejemplo de pretorianismo político durante el reinado de Alfonso XIII.


Alfonso XIII en un acto con los Cazadores de Victoria Eugenia nº 22, con motivo del nombramiento
de S.M. La Reina como "Coronela honoraria del Regimiento"


INTRODUCCIÓN :

"Las causas de la intervención de los militares en la política no se encuentran en la naturaleza del grupo, sino en la estructura de la sociedad. En concreto se encuentra en la ausencia o debilidad de instituciones políticas de la sociedad."[1]

A principio de Siglo XX en España existía un nivel de cultura política bajo, caracterizado por el alto diseño y la baja organización. La pérdida de legitimidad y la baja institucionalización que habían sufrido sus regímenes políticos durante el siglo XIX fueron consecuencia de la incorporación de nuevos sectores sociales a la política y estuvieron acompañados de una débil organización social y política. La sociedad civil no consiguió estructurarse suficientemente y los partidos fueron incapaces de representar y canalizar las distintas posiciones e intereses de la sociedad. El resultado fue la fragmentación y descomposición política de los sectores sociales dominantes, dándose una situación, ya definida por Finer[2], según la cual una minoría gobierna de una forma que las masas odian, pero son demasiado débiles para destruirla. Enfrentada a la indiferencia o al odio, la oligarquía gobernante se mantiene en el poder apoyándose en el Ejército y, de esta forma, éste se convierte en su dueño. Así el Ejército era la única fuerza para proteger al Régimen y las instituciones civiles.
Esta fue la situación que se presentó en la España del período que nos ocupa, las Fuerzas Armadas, que habían permanecido cómodamente integradas en el Régimen de la Restauración, pero la tradición intervencionista del Ejército no se había visto rota. Así, tras la derrota de Cuba en 1898, volvieron a desempeñar un papel destacado en la política del país. Su resentimiento contra los políticos, a los que consideraron como los responsables de la derrota, su oposición a los nacientes movimientos nacionalistas de catalanes y vascos, su costumbre de realizar labores políticas y administrativas en las colonias, su oposición a los intentos de reforma militar y su creciente utilización como fuerza policial en los conflictos político-sociales, les llevó a implicarse de una manera más intensa en la política interna de España, llegando a considerarse como el factor decisivo del Régimen en la medida en que este dependía, para su mantenimiento, del Ejército.
En 1917 en España se produjo una situación de "Gobierno militar", que Finer define como "Gobierno dual", al controlar los militares la política del Régimen de forma compartida con el Gabinete ministerial, mientras que Nordlinger[3] la define como un tipo de régimen militar, al depender los gobernantes del apoyo del cuerpo de oficiales para mantenerse en el poder. En mi opinión, el término que mejor  define a la situación política en España en el periodo 1917-1923 es el de "Pretorianismo político"[4] donde los militares no forman gobierno pero influyen de forma decisiva tanto en su formación como en sus decisiones.


[1] HUNTINGTON, S.P. (1957) The soldier and the State: The Theory and Politics of Civil-military Relations. Harvard University Press.
[2] FINER, S.E. (1962) The Man on Horseback: The Role of the Military in Politics. LondonPall Mall Press.
[3] NORDLINGEN (1976) Soldiers in Politics: Military Coups and Governments. Prentice Hall.
[4] BOYD, C. (1990) La política pretoriana en el reinado de Alfonso XIII. Alianza

Vietnam: La batalla de Ap Bac (1963)



La batalla de Ap Bac fue un combate que tuvo lugar el 2 de enero de 1963 entre las tropas de la 7ª División de Infantería del Ejército survietnamita (ARVN) acompañadas por asesores militares americanos, contra elementos de los batallones 261º y 514º del Viet Cong, teniendo como resultado una clara victoria de las tropas guerrilleras, decidiendo definitivamente a los Estados Unidos a involucrarse en la guerra de Vietnam.

El combate tuvo lugar cerca de la aldea (“Ap” en vietnamita) de Bac, a unos 65 kilómetros al suroeste de Saigón, en el área del delta del Mekong.



Este artículo fue publicado en la Revista "Historia Rei Militaris" de la editorial HRM que actualmente edita la Revista Historia de la Guerra (HDLG) con la cual colaboro habitualmente.
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10.5 El siglo XVIII: La Ilustración en España


La Cultura:

La decadencia de las universidades en el siglo XVIII se vio compensada por la aparición de centros científicos muy diversos durante el reinado de Felipe V (1700-1746). Para ello, creó la Real Academia de la Lengua (1714), la Real Academia de Medicina (1734), la de Farmacia (1737), la de la Historia (1738) o la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando (1744). Cuyos miembros discutían problemas científicos y artísticos y establecieron normas.

Se creó también un jardín Botánico y el Observatorio astronómico en Madrid; Colegios de Medicina y Cirugía en Cádiz, Madrid y Barcelona y otros centros de enseñanza como el Real Seminario de Vergara, los Reales Estudios de San Isidro o el Instituto Asturiano.

Sin embargo, estos centros fueron siempre pocos y orientados solamente a las clases más altas. A finales del siglo XVIII en España la tasa de analfabetismo rondaba el 90% de la población.

La Renovación ideológica: La Ilustración

Los ilustrados sometieron en sus escritos a la sociedad y al hombre a un análisis científico, que prescindió de tradiciones y hechos presupuestos.

El hombre era para los ilustrados un ser social, dirigido por la razón, y que buscaba la felicidad. Esta se basa en el bienestar y se mide por la cantidad de riqueza. Los ilustrados creyeron que la sociedad entraría en una época de progreso indefinido, regido por la razón, la educación y la actividad económica.

Los ilustrados en España fueron una reducida minoría de pertenecientes a la clase de hidalgos o pequeña burguesía que ejercía profesiones liberales o cargos de funcionario.

En la primera generación de ilustrados destacaron el padre Feijoo, cuya obra se centró en la divulgación de la ciencia de Newton y en la crítica a los prejuicios tradicionales y las supersticiones  (Teatro Crítico, 1726),  y el padre Enrique Flórez. En la segunda mitad de siglo fueron los políticos Campomanes, Floridablanca, Aranda y Jovellanos. Sus obras de gobierno buscaron el desarrollo económico, el estudio de disciplinas científicas y la revalorización del trabajo.

El florecimiento de la cultura coincidió con el culto a las ciencias, que forjó una generación de figuras notabilísimas en todos los campos: Jorge Juan, Antonio de Ulloa, el botánico Casimiro Gómez Ortega, Celestino Mutis o Félix de Azara. En 1735 Antonio Ulloa y Jorge Juan encabezaron una expedición geodésica. En 1775-1779 Mourelle de la Rúa llegaba hasta las costas de Alaska. Y en 1788 se produjo la expedición de Malaespina.

Y en el campo de la literatura y el arte destacan las figuras de José Cadalso (Cartas Marruecas), Moratín (El sí de las niñas) y Goya (Los fusilamientos de Príncipe Pio).

Los ilustrados tuvieron diversos enfrentamientos con la Inquisición, siempre pendiente de cualquier desvío de la ortodoxia, y con la orden de los Jesuitas, que monopolizaban la educación española. En 1767, Aranda, consiguió que Carlos III los expulsase de los territorios españoles y americanos.

Las Sociedades económicas de Amigos del País:


Los ilustrados se fueron agrupando en instituciones como las Sociedades económicas de Amigos del País. Centros de desarrollo cultural y económico que se fundaron en diversas provincias. La primera fue la Sociedad Bascongada, fundada en Guipúzcoa en 1763 por el conde de Peñaflorida. La más destacada fue la Sociedad Matritense (Madrid), fundada en 1775, con la participación de Campomanes y la protección de Carlos III. En 1789 se habían fundado 56, aunque solamente 23 llegaron a desarrollar una actividad importante.


Las sociedades elaboraron informes sobre agricultura, metalurgia, química. Analizaron nuevas ideas económicas y llegaron a proponer mejoras políticas y de gobierno.