La Península Ibérica en la Edad Media: El Emirato y el Califato de Córdoba.

1.- EMIRATO DEPENDIENTE DE DAMASCO (716-756)

El establecimiento de Al-Andalus supuso que esos territorios pasasen a convertirse en una nueva provincia del Califato, con capital en Damasco, y que se extendía desde la Península Ibérica hasta el Punjab (India). Cuando tuvo lugar la conquista el califato estaba gobernado desde 661 por la familia de los Omeya, originaria de La Meca.

El califa delegaba su poder en gobernadores provinciales wali. Ejercían el poder militar y civil. Al-Andalus, en sus inicios dependía de la autoridad del gobernador de Ifrīqiya (Qayrawān). Hubo una fuerte inestabilidad política, en esta época se fueron sucediendo unos veinte gobernadores. Disponían de bastante autonomía, habida cuenta de la distancia que los separaba de sus superiores en Qayrawān y Damasco. La capital desde 716 o 717 fue Córdoba.

Los musulmanes lanzaron, a partir de 719, una ofensiva hacia el Norte, con vistas a conquistar la Galia. (Narbona 719, Carcasona y Nîmes 725) Carlos Martel puso un freno definitivo al avance en el 732, batalla de Poitiers. Narbona será conquistada por el rey franco Pipino el Breve, hacia 751.

La historiografía fecha en el año de 714 la creación de un reino Astur, con Pelayo como rey y capital en Cangas de Onís. Hoy se propone como más verosímil la fecha de 718 ya que, según parece Pelayo pactó con los invasores e incluso fue enviado a Córdoba, de donde escapó en 717.

La batalla de Covadonga se suele fechar en el año de 722 y que constituye el primer “éxito” militar de los cristianos y, por lo tanto, simboliza el “inicio” de la Reconquista.

El primer avance cristiano, hacia 740, es fruto del debilitamiento del poder musulmán a causa de las tensiones internas, abundan las divisiones tribales, concretamente entre qaysíes y yemeníes. El apoyo del califa a uno u otro de los dos grupos implicaba la atribución de cargos políticos y, por lo tanto, la creación de una esfera de influencia.

El principal problema fue provocado por los beréberes eran la etnia mayoritaria entre los musulmanes de al-Andalus y, sin embargo, se encontraban en una posición social y política subalterna. En 740 los beréberes se rebelan contra la autoridad árabe y logran hacerse con Tánger. La insurrección gana pronto la Península y algunas rebeliones estallan en la zona norte. A finales de 741 siete mil jinetes sirios refugiados en Ceuta cruzan el Estrecho con la misión de sofocar la rebelión. Una vez logrado marcharon hacia Córdoba y se hicieron con el poder. En 742 al-Andalus será pacificada por el gobernador de Qayrawān,

Los años 750 se caracterizan por una terrible sequía, malas cosechas y la consiguiente hambruna, se esperaba la llegada de un hombre providencial. Éste iba a ser el “último” de los Omeyas de Damasco, ‘Abd al-Rahmān que había conseguido huir de Siria, tras el golpe de estado de los ‘abbāsíes, en 750, que acabara con el califato omeya. ‘Abd al-Rahmān era de madre beréber. Desde el Magrib, desembarcó con un ejército y aplastó el poder de los qaysíes de Córdoba. En mayo de 756 el nuevo poder de ‘Abd al-Rahmān es aceptado por el conjunto de las etnias y, en Córdoba, es solemnemente proclamado “emir” de al-Andalus.

2. EL EMIRATO DE CÓRDOBA O “EMIRATO OMEYA” (756-912)

La novedad de 756 en la total y absoluta independencia política, administrativa, fiscal y militar del nuevo poder con respecto al califa. Esta independencia nueva será asumida por siete emires, entre 756 y 912:

La creación del emirato independiente no hizo sino agudizar los conflictos interétnicos que habían estallado ya en los años 740 entre árabes yemeníes y qaysíes, sirios, beréberes, muladíes y mozárabes.

Los levantamientos constantes y la desaparición de la antigua costumbre del servicio militar obligatorio convencieron a Abderramán I de la necesidad de crear un ejército profesional en el que abundaban los esclavos, fácilmente adquiribles en el reino franco. El emir toma otras medidas para afianzar su poder, como la acuñación de la primera moneda autóctona de al-Andalus, el dirham de plata (760) o la organización de un servicio de correos, mediante mulas u palomas mensajeras (775). En el ámbito artístico cabe destacar el inicio de la edificación de la mezquita de Córdoba en 780.

El conflicto con los reinos cristianos vino no de la península sino del reino franco. Las tropas de Carlomagno cruzaron los Pirineos en 778 pero no consiguieron hacerse con Zaragoza. De vuelta, tuvo lugar en 778, la batalla de Roncesvalles Se desquitarán los francos: toman la ciudad de Gerona en 785 y Barcelona en 801.

El nuevo emir al-Hakam I, empieza su reinado en un clima de tensiones internas que debe reprimir: “jornada del foso” de Toledo (806) o la matanza del arrabal de Córdoba de 818.

También se reformó la división provincial creando “marcas” Las tres marcas exteriores fueron la “superior” valle del Ebro (Zaragoza). La marca “media” en Toledo y la “inferior” en Mérida.

Las crisis iban a debilitar considerablemente el poder del emirato de Córdoba, produciéndose varias sublevaciones de los gobernadores de las marcas, sin embargo la principal insurrección fue del muladí ‘Umar ibn Hafsun, convertido al cristianismo en 899, y que lideró los levantamientos de varias ciudades (Mijas, Archidona, Jaén, Baena, Lucena, Écija…) llegando a controlar hasta su muerte, en 917, un amplio territorio.

Cuando en el año 912, ‘Abd al-Rahman III es nombrado sucesor de su abuelo, el poder real del emir se limita a la ciudad de Córdoba y su inmediata periferia. El resto del emirato se halla entre las manos de insurrectos locales, ya fueran árabes, beréberes o muladíes que habían conseguido emanciparse de la autoridad de la capital omeya.

3. EL CALIFATO OMEYA (912-1031)

Cuando todo parecía apuntar hacia el desmoronamiento político de al-Andalus, el nuevo emir Abderramán III (912-961) gracias a su sentido político y a su ímpetu lograría dar a al-Andalus su mayor grandeza.

Fueron derrotados los partidarios de Ibn Hafsun, 928. Posteriormente, fue logrando un control de las marcas. A partir de 951 todos los soberanos cristianos se vieron obligados a reconocer la soberanía hegemónica de Abderramán, con la imposición de un tributo anual y la destrucción de plazas fuertes cristianas ubicadas en lugares estratégicos. Esta situación fue el momento de mayor control musulmán, en todos los aspectos, sobre el conjunto de la Península.

La supremacía política de Abderramán fue tal vez lo que movió el antiguo emir a dotarse del título superior tanto político como religioso de «califa», de «jefe de los creyentes» y de «defensor de la religión de Dios».

Este cénit de al-Andalus se mantuvo aún con los sucesores de Abderramán III, su hijo al-Hakam II (961-976) y su nieto Hisham II (976-1013) Sin embargo, el verdadero detentor del poder político fue su hayib (primer ministro Almanzor o al-Mansur (978-1002). Almanzor consiguió ser el verdadero y único soberano, desde su posición de primer ministro, arreglándoselas para que el califa no tuviera más que un papel honorífico, alejándolo de la política, orientándolo hacia los placeres (981 al-Madina al-Zahira). Almanzor consiguió la mayor parte de los símbolos del poder pero tuvo la sagacidad política de no pretender nunca al puesto de califa. Lo mismo haría su hijo, ‘Abd al-Mâlik, constituyéndose así una dictadura de mayordomos a la que ha venido a llamarse «dictadura de los ‘amiríes y que duró hasta 1008.

Todos estos triunfos militares, incluido el saqueo de León, Santiago o Barcelona, y políticos iban a desmoronarse entre 1008 y 1031, cuando una guerra civil (provocada por la auto-proclamación como califa de Abderramán Sanchuelo, hijo de Almanzor), en el transcurso de la cual se fueron sucediendo más de 15 califas. Un consejo de notables se reunió en Córdoba y se decidió la abolición del califato (Hisham III fue expulsado). Se constituyó así un nuevo sistema en el que los dominios de al-Andalus quedaron divididos en un complejo mosaico de unos 30 reinos independiente a los que se ha denominado reinos de taifas.