Hay libros cuya pérdida ha cambiado nuestra forma de entender la Antigüedad. Sabemos que existieron, conocemos incluso algunos de sus títulos, podemos identificar a quienes los leyeron y, en ocasiones, hasta reconstruir parte de lo que contaban, pero las obras propiamente dichas desaparecieron. La historia de Cartago está llena de estos silencios. Los propios cartagineses escribieron tratados, crónicas, obras geográficas y memorias que no han llegado hasta nosotros, pero tampoco hemos conservado algunas de las grandes historias griegas que narraron durante siglos el enfrentamiento entre los griegos de Sicilia y la gran potencia norteafricana. Una de las pérdidas más importantes es la obra de Timeo de Tauromenio.
Su nombre dice poco fuera del reducido círculo de los especialistas en historiografía griega. No tiene la fama de Heródoto, Tucídides o Polibio, y ningún lector puede acudir hoy a una librería para comprar su Historia de Sicilia. Sin embargo, durante la Antigüedad fue un autor de enorme importancia. Su obra fue leída, utilizada, discutida y también atacada. Polibio llegó a dedicar buena parte del libro XII de sus Historias a demostrar que Timeo era un historiador deficiente. Y aquí aparece una de esas deliciosas ironías que de vez en cuando nos regala la Historia: si Polibio no hubiese sentido semejante animadversión hacia él, posiblemente conoceríamos mucho menos de Timeo.
Su obra se perdió, pero no desapareció por completo. Han sobrevivido más de ciento sesenta fragmentos, citas y testimonios repartidos entre otros autores. A ellos debemos añadir numerosos pasajes de Diodoro Sículo, Polibio, Plutarco y otros escritores en los que puede sospecharse, con diferentes grados de seguridad, la presencia de Timeo. Gracias a este material podemos intentar algo que, a primera vista, parecería imposible: reconstruir parcialmente la historia que escribió sobre las guerras entre griegos y cartagineses. No recuperar sus palabras, naturalmente, pero sí aproximarnos a los acontecimientos que narró, algunas de sus cifras, determinados juicios y, sobre todo, a su manera de interpretar una lucha que marcó durante siglos la historia de Sicilia. La Sicélica de Timeo es, de hecho, una de las historias fragmentarias helenísticas mejor conservadas, con alrededor de 163 fragmentos identificados.
Un siciliano escribiendo desde Atenas
Aquello resulta importante para entenderlo. Timeo no era un erudito ateniense escribiendo sobre una isla lejana. Era un siciliano. Conocía el escenario, procedía de una familia implicada en su vida política y pertenecía a una generación que todavía estaba muy próxima a acontecimientos como la gran expedición cartaginesa derrotada por Timoleón en el río Crimiso.
Su vida cambió cuando Agatocles alcanzó el poder. En una fecha que no conocemos con absoluta seguridad, el nuevo señor de Siracusa lo expulsó de Sicilia. Timeo marchó a Atenas y permaneció allí durante décadas, probablemente cerca de cincuenta años. Fue precisamente durante aquel larguísimo exilio cuando reunió buena parte del material necesario para escribir su obra. Las fechas exactas de su nacimiento, destierro y regreso siguen siendo discutidas, aunque normalmente se sitúa su vida aproximadamente entre 350 y 260 a. C.
Y aquí comienza el problema con Polibio. Para el gran historiador aqueo, Timeo representaba casi todo lo que un historiador no debía ser. Polibio había participado en la política, había conocido ejércitos, había viajado y había visto de cerca el funcionamiento del poder romano. Timeo, en cambio, pasó buena parte de su vida entre libros. Polibio lo acusa expresamente de carecer de experiencia política y militar y de pretender comprender la guerra desde el estudio y no desde el campo de batalla. El reproche resulta especialmente interesante porque anticipa una discusión que todavía hoy podemos mantener: hasta qué punto un historiador necesita haber vivido aquello sobre lo que escribe.
Pero Polibio tenía también un problema con Timeo: discutía constantemente con otros autores, corregía sus errores y sometía sus afirmaciones a una minuciosa crítica documental. Sus enemigos terminaron llamándolo, jugando con su nombre, Epitímaios, algo semejante a «el criticón». Paradójicamente, esas características que irritaban a Polibio son precisamente las que hacen a Timeo especialmente interesante para nosotros. Utilizó documentos, cronologías, inscripciones y tradiciones locales con una intensidad poco habitual. La historiografía moderna, sobre todo a partir de los trabajos de Truesdell S. Brown, Craige Champion y Christopher Baron, ha matizado considerablemente la imagen caricaturesca transmitida por Polibio. Baron ha insistido precisamente en que no podemos leer a Timeo exclusivamente a través de la lente deformante de su gran adversario.
El gran enemigo estaba al otro lado del mar
La historia escrita por Timeo era mucho más que una crónica local. Se ocupaba del Mediterráneo occidental y concedía un lugar destacado a Sicilia, Italia, Roma y, inevitablemente, Cartago. Sabemos que alcanzaba al menos treinta y ocho libros y que continuó su narración hasta las proximidades de 264 a. C., precisamente el momento en que el conflicto siciliano entre Roma y Cartago comenzaba a transformarse en la Primera Guerra Púnica. Polibio inició prácticamente allí su propia historia.
Eso significa que Timeo narró varios siglos de relaciones y guerras entre los griegos sicilianos y Cartago. Debió ocuparse, naturalmente, de Hímera. En 480 a. C., mientras los persas invadían Grecia, una gran expedición cartaginesa dirigida por Amílcar desembarcó en Sicilia para intervenir contra Gelón de Siracusa y Terón de Acragante. La campaña terminó ante Hímera con una derrota catastrófica para los cartagineses. La batalla se convirtió en uno de los grandes recuerdos colectivos de los griegos de Sicilia y marcó durante generaciones su percepción de Cartago.
Aquí empieza nuestra dificultad. Sabemos que Timeo trató aquel período, pero no podemos tomar sin más el relato posterior de Diodoro y escribir encima «Timeo». Diodoro utilizó distintas fuentes y trabajó sobre ellas. Una parte de la antigua historiografía tendía a tratarlo casi como un copista que iba resumiendo alternativamente a Éforo, Timeo u otros autores. Hoy somos bastante más prudentes. Diodoro seleccionaba, reorganizaba y combinaba materiales, y algunas de las valoraciones que aparecen en su obra son probablemente suyas.
La precaución resulta fundamental porque, si no la mantenemos, la reconstrucción de una obra perdida puede convertirse fácilmente en la invención de una obra inexistente. Mucho más firme resulta el terreno cuando llegamos a la gran ofensiva cartaginesa iniciada en 409 a. C.
La venganza de Cartago
Setenta años después de Hímera, los cartagineses regresaron a Sicilia con enormes recursos. Al frente de la expedición estaba Aníbal Magón, nieto de aquel Amílcar que había muerto en la derrota del 480. Su primer objetivo fue Selinunte.
El relato de Diodoro es extraordinario. Máquinas de asedio, torres que superaban la altura de las murallas, arietes golpeando las defensas, soldados irrumpiendo por las brechas, mujeres llevando alimentos a los defensores y una población entera combatiendo mientras esperaba una ayuda que no llegaría a tiempo. Selinunte cayó después de una resistencia feroz. Los supervivientes huyeron hacia Acragante y la ciudad fue saqueada.
Desde hace mucho tiempo se ha considerado que detrás de partes importantes de esta narración puede encontrarse Timeo. La antigua reconstrucción de los fragmentos ya situaba en sus libros el sitio y destrucción de Selinunte, la posterior campaña contra Hímera y las operaciones de Hermócrates. Pero conviene mantener la fórmula correcta: Diodoro probablemente utilizó a Timeo; Diodoro no es Timeo.
En Hímera podemos avanzar un paso más porque Diodoro menciona expresamente al historiador. Durante el combate, los griegos realizaron una salida y sorprendieron a una parte del enorme ejército cartaginés. Diodoro señala que los himereos mataron a más de 6.000 enemigos según Timeo, mientras que Éforo elevaba la cifra a más de 20.000. Aquí ya no estamos reconstruyendo mediante semejanzas estilísticas ni intentando identificar una fuente escondida. Tenemos delante un dato que Diodoro atribuye directamente a nuestro historiador.
Es apenas una cifra. Pero una cifra puede ser enormemente valiosa cuando tratamos de reconstruir un libro desaparecido. Nos demuestra que Timeo describió el combate, que manejó datos sobre las pérdidas y que su versión difería de la ofrecida por otro de los grandes historiadores utilizados posteriormente por Diodoro. Los cartagineses terminaron tomando Hímera. La ciudad fue destruida y Aníbal pudo considerar vengada la derrota sufrida por su familia siete décadas antes.
La guerra, sin embargo, estaba lejos de terminar. Pocos años después una nueva ofensiva cartaginesa dirigida por Himilcón cayó sobre Acragante, una de las ciudades más ricas del mundo griego. Después vendrían Gela y Camarina. En 405 a. C. Cartago había conseguido algo que en 480 había parecido imposible: imponer su poder sobre una gran parte de Sicilia. Timeo trató extensamente este período. Y precisamente en Acragante aparece uno de los episodios que mejor permiten conocer su personalidad como historiador: el famoso toro de Fálaris.
Según la tradición, el tirano Fálaris había utilizado un toro de bronce como instrumento de ejecución. Las víctimas eran introducidas dentro de la estatua, que después era calentada. Timeo negó que el famoso toro que los cartagineses habían llevado a Cartago procediera realmente de Acragante e incluso puso en duda determinados elementos de la tradición. Polibio aprovechó el asunto para atacarlo; Diodoro hizo lo mismo y sostuvo que, después de la destrucción de Cartago en 146 a. C., Escipión devolvió el toro a los habitantes de Acragante.
El episodio puede parecernos anecdótico, pero en realidad es revelador. Timeo no se limitaba a narrar batallas. Discutía tradiciones, cuestionaba objetos atribuidos al pasado y polemizaba contra las versiones que consideraba falsas. Puede equivocarse —y seguramente se equivocó en este caso—, pero estamos ante una concepción bastante sofisticada de la investigación histórica.
Dionisio, Timoleón y los cartagineses
La caída de Acragante abrió el camino al ascenso de Dionisio I de Siracusa, que terminaría convirtiéndose en uno de los grandes adversarios de Cartago. Durante décadas Sicilia vivió una sucesión de campañas, tratados, asedios y contraofensivas que transformaron completamente la guerra en el Mediterráneo central.
Dionisio fortificó Siracusa, construyó una gran flota, reunió mercenarios y desarrolló nuevos medios de asedio. En 397 a. C. lanzó un ataque gigantesco contra las posiciones cartaginesas y tomó Motia después de uno de los asedios más espectaculares de la Antigüedad. Cartago respondió. Siracusa llegó a verse amenazada y la lucha continuó con diferentes intensidades durante años.
Timeo narró este período, pero aquí la reconstrucción se vuelve especialmente complicada porque detrás de Diodoro también encontramos otras tradiciones historiográficas, entre ellas la de Filisto, contemporáneo y colaborador de Dionisio. Pretender extraer mecánicamente a Timeo de Diodoro sería como intentar separar después de dos mil años los ingredientes originales de un guiso. Sabemos que están allí; el problema consiste en determinar cuánto corresponde a cada uno.
Con Timoleón, en cambio, volvemos a encontrar una huella directa extraordinaria. Polibio conserva partes de un discurso que Timeo puso en boca del general corintio antes de combatir contra los cartagineses. Es un texto abiertamente hostil hacia africanos y púnicos, cargado de tópicos destinados a presentar al adversario como numeroso pero cobarde. Polibio se burla de la retórica de Timeo, pero, al hacerlo, nos conserva algo mucho más valioso: una parte del discurso que había leído en su obra.
Estamos aproximadamente en 339 a. C. Timoleón se enfrenta junto al río Crimiso a un poderoso ejército cartaginés. La victoria griega fue rotunda y se convirtió en otro de los grandes episodios de la memoria siciliana. Para Timeo debía tener además una dimensión personal. Su propio padre había acogido a Timoleón en Tauromenio. Aquí conviene preguntarse cuánto había de historia y cuánto de memoria familiar.
Timeo estaba extraordinariamente próximo al ambiente que había rodeado a Timoleón. Podía disponer de testimonios de hombres que habían participado en aquellos acontecimientos e incluso de información transmitida dentro de su propia familia. Eso convierte su relato en una fuente potencialmente excepcional, pero no necesariamente imparcial. La proximidad facilita el acceso a la información; también puede fortalecer simpatías y enemistades. Y ninguna enemistad de Timeo fue mayor que la que sintió hacia Agatocles.
El historiador y su enemigo
Agatocles de Siracusa fue uno de los personajes más extraordinarios y despiadados de la historia siciliana. De origen relativamente modesto, ascendió mediante el ejército y la política hasta apoderarse de Siracusa. En 311 a. C. volvió a estallar la guerra contra Cartago y, después de ser derrotado y quedar prácticamente encerrado en su ciudad, tomó una decisión sorprendente. En lugar de limitarse a defender Sicilia, llevó la guerra a África.
En 310 a. C. desembarcó cerca de Cartago y abrió un frente que la República púnica jamás había esperado tener que combatir en su propio territorio. Durante varios años, Agatocles puso en enormes dificultades a los cartagineses, consiguió aliados entre las poblaciones africanas y estuvo cerca de alterar por completo el equilibrio de fuerzas.
Para nosotros, aquello debería ser una fortuna. Los últimos cinco libros de la historia de Timeo estaban dedicados a Agatocles. Si hubiesen sobrevivido, poseeríamos probablemente uno de los relatos más extensos escritos en griego sobre una guerra librada directamente en el territorio africano de Cartago. Pero había un inconveniente considerable. Agatocles era el hombre que había desterrado a Timeo.
Diodoro lo denuncia expresamente. Reconoce que Timeo había mostrado en otras partes de su obra un notable respeto por la verdad, pero sostiene que su odio hacia Agatocles lo llevó a deformar sistemáticamente su figura, minimizar sus éxitos y exagerar sus fracasos. Hasta tal punto desconfiaba Diodoro de este relato que rechazó expresamente la fiabilidad de aquellos cinco últimos libros. El problema es fascinante porque nos sitúa ante una fuente a la vez privilegiada y contaminada.
Timeo sabía muchísimo sobre Agatocles. Había vivido durante su época, había sido víctima de su régimen y poseía probablemente una cantidad extraordinaria de información sobre Sicilia. Precisamente por eso debemos leerlo con enorme precaución. El historiador conocía a su personaje, pero también tenía cuentas pendientes con él.
Diodoro, por otra parte, tampoco resuelve el problema. Su narración sobre Agatocles parece combinar materiales procedentes de diferentes autores, entre ellos Duris de Samos, Calias de Siracusa y probablemente el propio Timeo. La investigación reciente insiste cada vez más en abandonar la vieja idea de que grandes bloques de Diodoro puedan asignarse automáticamente a una única fuente.
Entonces, ¿podemos reconstruir el libro perdido?
Podemos. Pero debemos aceptar de antemano que nunca recuperaremos la obra de Timeo tal como la leyó Polibio. El método tendría que funcionar como una excavación arqueológica.
En un primer nivel estarían los fragmentos seguros: aquellos pasajes donde otro autor afirma expresamente que Timeo dijo determinada cosa. La cifra de 6.000 cartagineses muertos en Hímera pertenece a esta categoría. También las opiniones que Polibio cita directamente y algunas noticias conservadas por Diodoro y otros escritores.
El segundo nivel estaría formado por los pasajes probablemente derivados de Timeo. Aquí entrarían determinadas secciones de Diodoro cuyos contenidos, cronología, intereses o paralelos permiten sospechar razonablemente que utilizó su obra. Podemos aprovecharlas, pero indicando siempre que estamos ante una atribución, no ante una certeza.
Finalmente encontraríamos un tercer nivel: la reconstrucción posible. Sabemos que Timeo narró una determinada guerra porque correspondía al período cubierto por su historia o porque otros testimonios mencionan el libro en el que aparecía. Podemos reconstruir el contexto y explicar lo que probablemente trató, pero no atribuirle detalles concretos que ninguna fuente relaciona con él.
Esta diferencia parece pequeña, pero es fundamental. Si mezclamos los tres niveles, terminaremos escribiendo una falsa obra de Timeo. Si los mantenemos separados, podremos hacer algo mucho más interesante: contemplar cómo los restos de un libro perdido siguen dispersos por toda la literatura antigua. Eso es precisamente lo fascinante de la historiografía fragmentaria.
Timeo murió hace más de dos mil doscientos años. Sus manuscritos desaparecieron. Probablemente dejaron de copiarse cuando otras grandes historias, sobre todo las de Polibio, ocuparon su lugar. Sin embargo, sus ideas continuaron circulando. Diodoro lo leyó. Polibio discutió con él. Plutarco utilizó tradiciones relacionadas con su obra. Otros autores copiaron alguna noticia, criticaron una cifra o conservaron una frase.
Y así ocurrió algo paradójico. El libro desapareció, pero sus restos quedaron incrustados dentro de otros libros. Reconstruir la historia perdida de Timeo sería, por tanto, algo parecido a recomponer un edificio destruido utilizando sillares que siglos después fueron reutilizados para levantar otros edificios. Algunas piedras conservan todavía su posición original. Otras han sido cortadas, modificadas o colocadas en lugares completamente diferentes. En determinados casos podemos reconocerlas sin dificultad; en otros, solamente sospechamos de dónde procedían.
No tendremos nunca la Historia de Sicilia que un lector podía abrir en Alejandría, Atenas o Roma durante los siglos III y II a. C. Pero quizá podamos recuperar una parte de algo aún más interesante: la mirada de uno de los grandes historiadores griegos del Mediterráneo occidental sobre los tres siglos durante los cuales griegos y cartagineses combatieron por Sicilia.
Y eso, teniendo en cuenta que de la propia Cartago apenas sobrevivió una biblioteca, no es poca cosa.
Bibliografía básica
BARON, Christopher A., Timaeus of Tauromenium and Hellenistic Historiography, Cambridge University Press, Cambridge, 2013.
BROWN, Truesdell S., Timaeus of Tauromenium, University of California Press, Berkeley-Los Angeles, 1958.
CHAMPION, Craige B., «Timaios of Tauromenion (566)», en Ian Worthington (ed.), Brill's New Jacoby, Brill, Leiden. La traducción y comentario de Champion apareció originalmente en línea en 2010.
DIODORO SÍCULO, Biblioteca histórica, libros XIII, XVI, XX y XXI.
DUDZIŃSKI, Andrzej, «Diodorus' Use of Timaeus», The Ancient History Bulletin, 30, 2016, pp. 43-76.
DUDZIŃSKI, Andrzej, «The Bull of Phalaris and the Historical Method of Diodorus of Sicily», Histos, 7, 2013.
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JACOBY, Felix, Die Fragmente der griechischen Historiker, n.º 566, Timaios von Tauromenion.
POLIBIO, Historias, especialmente libro XII.
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