La regencia de María Cristina de Habsburgo y el turno de partidos. La oposición al sistema. Regionalismo y nacionalismo.

La regencia de María Cristina de Habsburgo y el turno de partidos


A la altura de 1885 era ya evidente que el funcionamiento constitucional experimentaba una clara adulteración. Los Gobiernos no cambiaban porque tuvieran o les faltara el apoyo de las Cámaras, sino más bien al contrario. Cuando un partido experimentaba el desgaste de su gestión o cuando sencillamente los líderes políticos consideraban necesario un relevo en el disfrute del poder, se sugerís a la Corona el nombramiento de un nuevo Gobierno. El ministro de la Gobernación, a través del encasillado y en función de los acuerdos que se pactaban en la cúspide de los partidos, fabricaba las mayorías necesarias con ayuda de los caciques locales.


En noviembre de 1885 murió Alfonso XII. Quedó como regente su segunda esposa, María Cristina, embarazada por tercera vez y con dos hijas menores de edad. El que fuera una extranjera sin experiencia política sembraba serias dudas sobre su actitud, y además estaba la incertidumbre sobre un posible heredero (meses después nacería el futuro Alfonso XIII). Esta situación llevó a los dos líderes, Cánovas y Sagasta, a establecer un acuerdo: se comprometieron a apoyar la regencia, a facilitar el relevo en el gobierno cuando éste perdiera prestigio y apoyos en la opinión pública y a no derogar la legislación que cada uno de ellos aprobara en el ejercicio del poder.


El Pacto del Pardo fue decisivo para garantizar la estabilidad del régimen bajo la larga regencia, ambos partidos lo cumplieron y facilitaron una alternativa regular y pacífica. Además, María Cristina de Habsburgo demostró una gran prudencia política, al respetar escrupulosamente las decisiones de los gobiernos en los 16 años que desempeñó la regencia. Sin embargo, el pacto del Pardo contribuyó a agudizar la corrupción política y a falsear la voluntad popular, cada vez más ajena al régimen parlamentario.


Sagasta formó de nuevo gobierno en noviembre de 1885, y su partido obtuvo una holgada mayoría en las elecciones, gracias al ministro Posada Herrera apodado “el gran elector. El Parlamento Largo incluyó una amplia legislación en la que el gobierno de Sagasta llevó a cabo una reforma mayor del sistema político. Entre los cambios de aquellos años destaca la libertad de imprenta, mediante la ley de julio de 1883. Dio lugar a una atmósfera de mayor libertad de expresión, siempre con el límite del no cuestionamiento de la Monarquía, pero que, unida a la libertad de cátedra, permitió un importante florecimiento intelectual. La prensa española de fin de siglo fue una de las más avanzadas y libres de Europa.


La libertad de asociación fue restablecida mediante la ley de junio de 1887, que fue decisiva para permitir el desarrollo y expansión del movimiento obrero. También se aprobó en 1889 el Código Civil que venía a consagrar un orden social basado en la primacía de la propiedad como derecho individual. Se restableció el juicio por jurados, vieja conquista del Sexenio, mediante la ley de abril de 1888. Sin embargo, la principal modificación legal fue la aprobación en 1890 de una nueva ley electoral que restablecía el sufragio universal en 1890, ampliando el derecho de voto a todos los varones mayores de 25 años. Pero pese a todas estas reformas el régimen seguía viciado por el amaño de las elecciones.


Las primeras elecciones por sufragio universal, en 1890, dieron la victoria al gobierno recién formado por Cánovas. Éste tomó una serie de medidas proteccionistas a través de la ley de Arancel de 1891. En diciembre de 1892 Sagasta formó gobierno y volvió a ganar sus elecciones, aunque con la sorpresa del acceso a las Cortes de un grupo republicano significativo, que incluso ganó en Madrid. Lo más destacado del mandato liberal fue el proyecto de reforma para la administración y el gobierno de Cuba, que intentó hacer aprobar el joven ministro de Ultramar, Antonio Maura, pero que acabó retirándolo y dimitiendo en marzo de 1894. En febrero de 1895 estallaba una nueva sublevación en la isla. En marzo, ante la gravedad de la situación, Cánovas fue llamado a formar gobierno. Toda la trayectoria de este gobierno estuvo marcada por la guerra en Cuba hasta el asesinato del jefe de Gobierno en 1897.


La oposición al sistema


En el último cuarto de siglo XIX, la principal oposición a la monarquía estaba representada por los grupos republicanos. Éstos seguían defendiendo su ideología a través de periódicos de cierta difusión:


  • Superioridad de la república sobre la monarquía: Consideraban el régimen republicano más acorde con la democracia. Frente a los partidos monárquicos, de cuadros, los republicanos formaron el primer partido político moderno de masas.
  • Separación de la Iglesia y el Estado: Opuestos al modelo confesional postulaban un Estado laico, elaborando un programa claramente anticlerical.
  • Sufragio Universal: Seguían defendiendo esta forma de elección, aunque no el voto femenino.
  • Preocupación por los problemas de las clases populares: Destacaba la abolición del impuesto de consumos y sobre todo el odiado sistema de quintas con la redención en metálico. Defendía un servicio militar obligatorio y universal.

El republicanismo se escindió en cuatro grupos: federales (Pi i Margall), progresistas (Ruiz Zorrilla), centralistas (Salmerón) y posibilistas (Castelar) Éste último terminó por aceptar la monarquía colaborando con Sagasta. Los tres restantes se coaligaron y en las elecciones de 1893 triunfaron en Barcelona, Valencia, Oviedo y Málaga, pero lo que más alarmó a los poderes monárquicos fue el triunfo en Madrid.


También apareció en Madrid un partido obrero en 1879 el PSOE, que tenía como cabeza de lista a Pablo Iglesias, aunque no consiguió su primer escaño hasta 1910. En 1886 se inició la publicación de un semanario, El socialista. En 1888 se fundaba la UGT que se extendió sobre todo en Madrid, Asturias y el País Vasco.


El anarquismo se extendió por el campo español entre los braceros de Andalucía en espera del gran día de la revolución. Algunos alzamientos como el de Jerez en 1892 fueron sonados. Los anarquistas creían que mediante la propaganda por el hecho podrían cambiar la sociedad. Asía atentaron contra el Liceo de Barcelona (1893), asesinaron a Cánovas (1897), contra la procesión del Corpus o contra el mismo rey. La influencia del anarquismo fue dominante en Cataluña, Levante y Andalucía.


Regionalismo y nacionalismo


En las regiones de la periferia con una lengua diferente de la castellana surgieron durante el periodo de la Restauración movimientos político-culturales regionalistas, Cataluña, Valencia o Galicia, o nacionalistas como en la Vascongadas.


En principio nacieron como un fenómeno cultural a imagen y semejanza de Il Risorgimento italiano, del cual incluso copiaron el nombre, La Renaixença en Cataluña y O Rexurdimento en Galicia. Encontraron un apoyo social en la burguesía y los grupos más conservadores y católicos, de los cuales obtuvieron los recursos económicos necesarios para comenzar su funcionamiento. Sobre todo en Cataluña el componente económico y la necesidad de protección y defensa de la industria textil fue muy importante.


El movimiento de mayor envergadura se desarrolló en Cataluña. Encontró un ideólogo en Valentía Almirall, fundador del primer diario en catalán y del Centre Català. El catalanismo ha sido en ocasiones resumido en dos palabras: arancel y poesía, aludiendo a sus raíces económicas y culturales. La burguesía catalana deseaba una subida de los aranceles para proteger su industria de la competencia de otras naciones, que producían manufacturas de mayor calidad y menor precio, como Inglaterra o Alemania. Además, defendían el culto de la lengua catalana y ciertas tradiciones y costumbres ancestrales, en un mundo que estaba en constante transformación. Las aspiraciones políticas de Cataluña se expresaron en el Memorial de Agravios de 1885, que sería entregado al rey el mismo año de su muerte, recordando la vieja tradición de las cortes medievales. En 1892 se redactaron Las Bases de Manresa que exponía un proyecto semi-independiente centrado en la recuperación de unas Cortes propias elegidas mediante un sufragio de los cabezas de familia, la oficialidad en exclusiva de la lengua catalana, que sólo los catalanes puedan desempeñar cargos públicos incluyendo los gubernativos y los judiciales, acuñar su propia moneda, dictar sus propias leyes, etc. Es decir, una vuelta a la época medieval. Estas bases fueron redactadas en la asamblea de Unió Catalanista, fundada por Prat de la Riba.


El galleguismo ofreció principalmente una vertiente cultural en una etapa en la que, impulsado por el Romanticismo, se sucedieron grandes escritores como Rosalía de Castro o Pondal. Sin embargo, en la figura de Alfredo Brañas y en su obra El Regionalismo, aparecía ya la ambición política, al reclamar la descentralización del Estado y el reconocimiento a Galicia de determinadas competencias. En los años noventa surgieron ligas galleguistas en Santiago y La Coruña, pero quedaron reducidas a grupos de eruditos y tuvieron escasa influencia en la política.


Caso aparte es el nacionalismo vasco, de base más radical y que tenía su principal punto en un concepto racista y xenófobo de la sociedad, una raza superior: la vasca y otra inferior la maketa, término despectivo para designar a los emigrantes no vascos. Su fundador fue Sabino Arana, ex carlista y profundamente católico, que decidió enarbolar la bandera de la defensa de los fueros vascos, perdidos tras la derrota de la sublevación carlista en 1876. A través de la revista Bizkaitarra expuso una ideología que impulsaba el odio a España (números 16 y 31), el uso de la violencia para expulsar a los maketos (número 21), incluso prefería la destrucción de Vizcaya antes de ver contaminada la cultura vasca de ideas maketas. Proponía la total independencia de las vascongadas.