El Ejército español durante la Segunda Guerra Mundial


Antecedentes


Cuando concluyó la Guerra Civil española el Ejército nacional contaba con 61 divisiones y un total de casi un millón de soldados. Era un ejército salido de tres años de conflicto, con un nutrido cuerpo de oficiales con práctica de mando directo, unos soldados con experiencia de combate y un material aceptable para el año 1939, tanto en cantidad como en calidad, especialmente en lo que a la aviación hacía referencia. El armamento era en su mayoría de origen italiano y alemán, pero también se contaba con un importante número de armas de origen soviético, material capturado a los republicanos durante la guerra, donde destacaban por ejemplo los tanques T-26. De todas formas se sufría de graves carencias, en medios blindados, transportes de todo tipo, repuestos, suministros y fundamentalmente de una Marina que había quedado considerablemente mermada durante el conflicto bélico.


Durante 1939 se procedió a una reforma para adaptar a las Fuerzas Armadas a una situación de paz, siendo reducidas el número total de divisiones pasando a tan sólo 24, pero también se procedió a dar de baja a aquel material de difícil reparación por falta de recambios, como los carros soviéticos BT-5, o que se consideraba fuera de utilidad por obsoleto, como algún avión Breguet XIX que milagrosamente había sobrevivido a la guerra. Además se creaban tres ministerios distintos para los tres ejércitos Tierra, Mar y Aire, lo que suponía una decisión más de carácter político que fundada en razones de índole militar, que dificultaría la actuación coordinada en un hipotético conflicto armado.


Cuando comenzó la Segunda Guerra Mundial en Europa, en septiembre de 1939, las Fuerzas Armadas españolas deberían compararse con naciones de segundo orden como Polonia, Hungría o Rumanía, superando a estas dos últimas debido a la Fuerza Aérea fundamentalmente, muy alejadas por tanto de las grandes potencias como Alemania o la URSS, pero también de Francia o Italia. Sin embargo, se estaría claramente por encima de naciones como Finlandia, Grecia o Bélgica, especialmente por el tamaño del Ejército de Tierra.


El Ejército de Tierra


Al acabar la Guerra Civil se creaba el Ministerio del Ejército de Tierra, se restablecían las Capitanías Generales y se organizaba el territorio a base de ocho Cuerpos de Ejército en la Península y dos en Marruecos. En 1940 el Ejército de tierra contaba con 10 Cuerpos de Ejército integrados por 24 divisiones que incluían los siguientes efectivos:


87 Regimientos de Infantería, 12 Regimientos de Caballería, 47 Regimientos de Artillería, 14 Regimientos de Ingenieros, 12 Grupos de Intendencia, 11 Grupos de Sanidad, 10 Unidades Veterinarias, 12 Grupos de Automóviles, 12 Compañías de Defensa Química y 5 Regimientos de Carros.


Además existía una Reserva General que contaba con:


3 Regimientos de Infantería, 3 Batallones Ciclistas, 7 Tabores de Regulares, 5 Regimientos de Caballería, 10 Regimientos de Artillería, 3 Regimientos de Transmisiones, 5 Regimientos de Fortificación, 2 Batallones de Recuperación, 2 Compañías de Recuperación, 1 Compañía de Intendencia y 3 Tercios de la Legión.


Hay que recordar que los carros más modernos usados en la Guerra Civil fueron los rusos T-26, los alemanes Panzer I y diversas tanquetas italianas FIAT Ansaldo (CV 33/35), todos ellos anticuados para 1940. Además la falta de material anti tanque apropiado, el pak 36 se demostró como inadecuado para esa labor desde 1940, y la escasez de artillería de campaña, hubiesen hecho que en un hipotético conflicto armado contra las fuerzas blindadas aliadas hubiera resultado desastroso. Incluso la Infantería española, considerada por su valentía como una de las mejores del mundo, habría sido derrotada por el uso combinado de carros como el Sherman americano o el Churchill británico, junto a artillería de campaña como el 105 mm o el 25 libras inglés.




Se continuaba con la tradición táctica francesa de la Primera Guerra Mundial que tan buenos resultados había dado durante la Guerra Civil, especialmente en la batalla del Ebro. El Ejército de tierra estaba acostumbrado a una guerra de posiciones fijas, sin grandes cambios estratégicos, con una doctrina basada en asaltos frontales hasta desgastar a las tropas enemigas, que hasta los soviéticos habían abandonado desde 1940. Carente de la movilidad operacional de las unidades motorizadas de los grandes Ejércitos europeos, como se vio por ejemplo en el Norte de África (1941-1943), falto de experiencia en el uso de grandes masas de blindados (Kursk 1943) y de operaciones aerotransportadas, como Creta en 1941 o Market-Garden en 1944. Hacían cada vez más anticuada la concepción de la guerra que tenía el cuerpo de oficiales y por tanto más factible el éxito de un teórico desembarco aliado, como fue la Operación Torch de finales de 1942.




Con el inicio del conflicto mundial, y en base a la política internacional de España, comienzan los preparativos para responder a una posible agresión exterior. Se crea la IX Región Militar y, en 1943, la Primera División Acorazada, dentro de las Fuerzas de la Reserva General, la División acorazada Brunete, que contaba con nuevo material alemán como el Panzer IV y el Stug III, pero de modelos ya superados, y que comparada incluso con la recién creada Brigada acorazada búlgara era de inferior calidad. Las maniobras de 1944 en el Pirineo no hicieron más que servir para ahuyentar un más que discutible deseo alemán de intervenir en España.


Al final de la II Guerra Mundial en 1945, España contaba con los siguientes efectivos militares: 250.000 soldados de tropa, 25.000 suboficiales y 25.000 jefes y oficiales. Unas tropas que disponiendo de un material militar antiguo, no renovado desde 1939, cuando España contaba con el apoyo de los Gobiernos europeos desaparecidos tras el conflicto mundial, no podía sino considerarse como un Ejército incapaz de hacer frente a un conflicto internacional y que no podría oponerse de forma eficaz a una invasión de su territorio. Es por ello que el Ejército orientaba su principal actuación a asegurar el orden interno, como venía siendo una tradición en la historia contemporánea de España.


La Armada


El núcleo de Armada española estaba compuesto por seis cruceros, una veintena de destructores y cinco submarinos. Aunque suponía una fuerza naval significativa no era, ni de cerca, la que necesitaba España para proteger los intereses marítimos de una nación que salía de una guerra civil, que había destruido sus recursos y recibía por mar la casi totalidad de sus importaciones. Tampoco era mejor el estado de las bases situadas en tierra desde donde operaban estas naves. No se contaba por tanto ni con acorazados ni, por supuesto, con portaaviones, navío éste determinante durante la guerra, del cual solamente Estados Unidos llegó a fabricar más de 90 unidades.


De los 6 cruceros, sólo tres eran operativos: El buque insignia, el crucero pesado Canarias, el crucero ligero Navarra, y el crucero ligero Almirante Cervera. Los otros tres, el siempre desfasado Méndez Núñez, el crucero Galicia y el crucero Miguel de Cervantes, todos cruceros ligeros de la clase Cervera, se encontraban en astilleros, sin dotación, en una eterna operación de reacondicionamiento. Demasiado lentos, mal armados y peor blindados no eran rivales para otros navíos contemporáneos, como por ejemplo el Hood británico o la clase Dunkerke francesa, una respuesta a la clase Scharnhorst alemana.


En cuanto a los destructores, una cuarta parte tenían una edad que se aproximaba a los veinte años, carecían de valor militar y cumplían funciones de buque escuela. Los destructores eran de la Clase Churruca y Clase Alsedo. En cuanto a la Clase Ceuta y la Clase Teruel eran viejos destructores cedidos por Italia durante la Guerra Civil. Comparativamente hay que tener en cuenta que sólo Estados Unidos había cedido en septiembre de 1940 50 destructores al Reino Unido para hacer frente a la guerra submarina en el Atlántico.


Los submarinos eran muy anticuados, respecto a los de otros países, la mayoría pertenecía a las clases B y C. Como ocurría en el caso de los destructores, Italia también cedió submarinos, la llamada Clase General Mola. Sólo los soviéticos, que no era una de las grandes potencias navales de la época, contaba con hasta 40 unidades de este tipo en el mar Báltico en 1940.


La carencia de oficiales, fruto de la situación producida en España entre 1936 y 1939, la escasez de repuestos y de combustible y, como consecuencia, el bajo adiestramiento de las dotaciones, reducían aún más el valor práctico de la Armada.


La Aeronáutica Naval, que en 1936 tenía más de cien aviones, había desaparecido en aquel mismo año por la eliminación física de sus oficiales. Unos meses antes de la sublevación había quedado fuera de servicio el porta hidroaviones Dédalo, que fue definitivamente desguazado en 1940.


El 8 de septiembre de 1939, estando aún el Gobierno en Burgos, se promulgó una ley que establecía la construcción de cuatro acorazados, dos cruceros protegidos doce cruceros ligeros, cincuenta y cuatro destructores, treinta y seis torpederos, cincuenta submarinos, cien lanchas rápidas, buques auxiliares, pertrechos y repuestos. Por supuesto, este programa nunca se llegó a efectuar por el devenir de los acontecimientos posteriores.


A la vista de la situación política mundial, este programa naval se diseñó como directiva para la creación de una fuerza naval que pudiera jugar un papel decisivo como aliado menor de uno de los bandos en conflicto. El programa se basaba en la ayuda técnica que habría de recibir España, ya que nuestra industria no estaba en condiciones de construir por sí sola buques de guerra modernos de alguna importancia.


No habían hecho más que iniciarse las conversaciones con los italianos para la construcción en España de acorazados de la clase “Littorio”, cuando se inició la II Guerra Mundial. Quedó detenido el programa naval antes de nacer y el esfuerzo industrial, sin la cooperación extranjera, se centró en la modernización de las unidades existentes.


El Ejército del Aire


El 12 de mayo de 1939 se hizo una demostración aérea en el aeropuerto de Barajas en el que participaron más de 800 aviones. La ley de 9 de noviembre de 1939 creaba el Ejército del Aire, y posteriormente, el 17 de octubre del 40, también por ley, se organizó el funcionamiento de las diferentes regiones y zonas aéreas. En aquel momento España contaba con unos 500 aviones, al dar de baja a aquellas unidades desfasadas o de difícil mantenimiento. Sin embargo, la situación de bloqueo impidió la renovación del material existente, quedándose poco a poco unos inservibles y el resto anticuados.


Se contaba con unos 172 cazas, entre los que destacaban los italianos Fiat CR-32 y Fiat G.50 o loa alemanes Heinkel 112, Me-109 y Heinkel 51. Pero tanto los CR-32 como los He-51 eran aviones biplanos, obsoletos en 1940, y los otros modelos eran anteriores a 1939, lo que les hacía muy inferiores a aviones contemporáneos como los británicos Spitfire o Hurricane y claramente superados por el FW-190 alemán. Teniendo en cuenta que apenas se pudieron incorporar a las Fuerzas Aéreas española nuevas unidades de caza durante toda la guerra en 1945 estos aparatos no hubieran sido rivales para aviones como el alemán Me-262 a reacción, IL-2 soviético o el P-51 Mustang americano.


Las Fuerza Aéreas contaban con 164 bombarderos, entre los que destacan los italianos Savoia 79 , Savoia 81 y Fiat BR 20, y los alemanes Junkers 52 , Heinkel 111 y Dornier 17 . El que mejores prestaciones tenía de todos ellos era el alemán He-111, pero éste y el resto de unidades eran bombarderos pensados para un apoyo a tierra, no eran bombarderos estratégicos, como posteriormente desarrollaron británicos (Hallifax o Wellington) y americanos (B-17 o B-29). Estas unidades fueron las que arrasaron Alemania durante la guerra. Además la utilización de los bombarderos en España seguía la doctrina alemana y soviética, que indicaba que debían apoyar los avances de las tropas de tierra, no como los aliados occidentales, partidarios del bombardeo estratégico de instalaciones y objetivos enemigos.


En total, junto con los aviones capturados a los republicanos (principalmente Polikarpov I-15 e I-16) y los de cooperación, se contaba con unos 493 aviones, a los que se añadirían los que quedaron internados durante el conflicto y no estuvieran muy dañados. Como caso anecdótico un FW-200 Cóndor alemán.


Si bien durante la Guerra Civil muchos aviones dieron un magnífico resultado, como los alemanes Me-109, Ju-52 o Ju-88 “Stuka” y los soviéticos, como el SB-2, I-15 e I-16, el continuo desarrollo en materia aeronáutica propiciado entre 1939 y 1945 los relegó a todos a un segundo plano. Cuando se produjo el desembarco aliado en el Norte de África, en noviembre de 1942, las Fuerzas Aéreas no hubiesen representado un serio rival para los aviones aliados, como quedó demostrado en algún incidente aéreo sobre el Protectorado. En 1945 no representaban, ni por calidad ni por número, un rival para casi ninguna nación en guerra, baste señalar que solamente Alemania fue capaz de construir en apenas cuatro meses de 1945 casi 8.000 aparatos.


Bibliografía


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