La ignorancia elegida

EL editor Basilio Baltasar ha revelado en El Escorial, que los informes que actualmente existen sobre la cultura y el nivel de conocimientos de la sociedad española en general, arrojan resultados mucho más pavorosos que los que han trascendido sobre la escuela y la universidad españolas en particular. Para muestra dos botones: más del 90% de los encuestados al azar en las calles de las cinco primeras ciudades de España (Madrid, Barcelona, Valencia, Bilbao y Málaga) desconocía la procedencia bíblica de expresiones o lugares comunes como «la época de las vacas flacas», «venderse por un plato de lentejas», «ojo por ojo y diente por diente», «expulsar del paraíso», «la paja en el ojo ajeno», «llorar como una Magdalena» o «el regreso del hijo pródigo» y el 85% ignoraba en qué consisten omnipresentes fenómenos naturales como el agujero de la capa de ozono y el calentamiento global de la Tierra. Basilio Baltasar reconoció que en todas las instancias competentes de la gestión pública y privada existe unanimidad sobre el fracaso de nuestra educación desde el regreso a la democracia, pero también admitió la existencia de un pacto político para negar esta realidad.
Hace sólo unas semanas, el escritor Antonio Muñoz Molina me comentaba que había llegado a la conclusión personal de que el descenso alarmante de la cultura y los conocimientos beneficia a los partidos políticos y que por eso no existe la menor voluntad política de revertir la situación. Para Antonio Muñoz Molina es evidente que una población ignorante es más fácil de manipular y por eso ha perdido la esperanza en la apuesta de los políticos por la cultura y los conocimientos. ¿Por qué los partidos que tienen hegemonía absoluta en ciertas comunidades autónomas estarían interesados en educar mejor? Todo lo contrario. Si educaran mejor, se arriesgan a perder las elecciones y por lo tanto el poder.
Me gustaría unir las reflexiones que he presentado en los párrafos anteriores para agregar -de mi cosecha- que una cosa es la ignorancia fruto de la pobreza y la adversidad, y otra cosa es la ignorancia cuando es elegida, deliberada y resultado de una selección. Creo en el individuo por encima de todas las cosas, tanto para lo bueno como para lo malo. Así, estoy persuadido de que por más que existiera un plan nocturnamente fraguado desde las propias consejerías de educación, los buenos maestros y los buenos alumnos siempre aspirarían a lo mejor. Por contra, ¿qué es lo que sí pueden hacer los políticos para empobrecer la enseñanza a pesar de los individuos decentes y excelentes? Despreciar los méritos personales, minimizar el valor del esfuerzo, recompensar a los mediocres y premiar las conductas antisociales.
Nunca he creído en las «víctimas del sistema», porque pienso que los ciudadanos eligen ser como son y ser lo que son. Los políticos podrían -si quisieran- convertir nuestras televisiones públicas en genuinos baluartes de la cultura y el conocimiento, pero la decisión de elegir un canal u otro es finalmente individual. En el plano material, los individuos siempre preferirán disponer de más bienes, pero esa ambición no tiene equivalente en el dominio de lo intangible. Así, ser más culto, más sensible, más educado y más generoso supone otras cosas que dependen de los propios individuos y hasta cierto punto de sus familias, pero no de los Estados. Al Estado le correspondería crear las condiciones para que quienes elijan enriquecerse de esa manera puedan hacerlo y mi gran reproche es que deliberadamente haya abdicado de esa tarea y que encima lo niegue.
La doctrina estatal en materia educativa se limita a que los estudiantes aprendan las «competencias básicas». Es decir, saber leer y escribir, manejar las cuatro operaciones aritméticas y saberse de carrerilla los diez mandamientos del catecismo políticamente correcto. ¿Y por qué los mandamientos políticamente correctos también son diez? Quizás los burócratas también eligieron ser ignorantes.


Fuente: Diario ABC